EL MUNDO DE LA SEGURIDAD.


                             "Educados en el silencio, la tranquilidad, la austeridad,
de repente se nos arroja al mundo;
cien mil olas nos envuelven.
todo nos seduce, muchas cosas nos atraen,
otras muchas nos enojan, y de hora en hora
titubea un ligero sentimiento de inquietud;
sentimos y lo que sentimos
lo enjuaga la abigarrada confusión del mundo."
GOETHE


Comprender el pasado es la necesaria actitud que nos facilita la actuación en el presente, y le da posibilidad a la intuición de un futuro esperanzado. Quien no comprende el pasado, poco podrá hacer en el presente por un futuro honesto. O dicho de otro modo, los pueblos que no reflexionan sobre su pasado, estarán condenados a repetir de nuevo los mismos errores.

Esta idea me ha llevado de nuevo a la relectura de un libro que me gustó mucho. La narración de Stefan Zweig sobre el escenario que le tocó vivir, El mundo de ayer. El fondo se impone a la forma, y pienso que bien pudiera ser el mismo, aunque a priori no se le parezca.

Algo se rompe en nuestra sociedad de bienestar, de seguridades dadas por sabidas, de futuro consolidado. Pienso en las diferentes connotaciones de la vida que nos pasan desapercibidas por ignorancia, por olvido, por comodidad e incluso por educacíón,  a pesar de esa evidente intención que todos tenemos de querer mejorar el mundo que habitamos. En tiempos de crisis, cuando todo parece ir a  perderse, pudiera ser que también nos perdiéramos a nosotros mismos. Y si a esto unimos que es una generación que ha tenido mucho sin demasiado esfuerzo, el escenario que se conforma no es del todo alentador.

Pienso solidariamente en esa juventud _la hoy denominada generación quemada_ que sabiéndose preparada y en los inicios de su vida adulta, ve cercenada su posibilidad de futuro porque las riendas que ellos sujetan no están ancladas a algo tangible, real y/o posible. Estoy a su lado en sus reivindicaciones. Pero también me pregunto si tienen claro qué es lo que están empezando, cómo lo van a continuar y si tienen clara las armas que necesitan para conseguirlo. Me pregunto si realmente está preparada para asumir consecuencias, si el anclaje de su perspectiva se sustenta en valores concretos desde los que perfilar el mundo que quieren, y lo que es más importante, si tienen el valor de pagar el precio de ir a buscarlo. También me lo pregunto sobre mi misma, aunque yo ya no sea tan joven. Quisiera saber si conocen los entresijos que sostienen una sociedad justa y responsable; si son conscientes del verdadero concepto de libertad y el precio que se paga por ella. La libertad unida a todo derecho, pero también a todo deber. Libertad que en su primera cara siempre es responsabilidad. Y digo esto porque me ha llamado la atención oír reclamar la abolición de impuestos en el mismo escenario en el que se reclamaba el derecho a la ayuda social. Me llamó poderosamente la atención semejante paradoja, y quiero creer que simplemente es una anécdota sin importancia.

No cuestiono si están preparados o no para llevar a cabo  un trabajo; en absoluto lo dudo. Es una juventud que ha tenido los medios necesarios a su alcance para estar bien formada, para ser capaz de realizar cualquier actividad totalmente adulta.  Lo que me pregunto es si realmente son conscientes de las acciones y sus consecuencias, si saben qué esperan conseguir con ellas y sobretodo, si son capaces de intuir las consecuencias que puede conllevar. La juventud es valiente, pero lo es a veces en  la medida en que es inexperta. Todos hemos sido jóvenes e inexpertos. Todos lo hemos querido todo alguna vez, pero para ello hay que empezar por conseguir un poco. Mi temor es que la inexperiencia nos lleve de nuevo sobre la historia ya conocida. Es evidente que la pasividad no es solución, pero también sé por los ejemplos de la historia, que hacerlo sin profundizar como mínimo en la propia libertad y sus actos, en la responsabilidad, en actuar sin intentar intuir tan siquiera las posibles consecuencias de los hechos, pocas veces nos ha llevado a buen puerto personalmente. Tampoco en sociedad. La historia es el vivo recuerdo de que los pueblos no siempre han llegado a un puerto esperanzado, seguro y con posibilidad de futuro. Hay puertos en los que la Historia no debería haber anclado jamás.

En tiempo de crisis el miedo y la incertidumbre campan a sus anchas. Y se me antoja el prensente que vivimos como la circunstancia ideal para volver a leer a Stefan Zweig, para posar nuestro raciocinio sobre El mundo de ayer, en esa exacta historia que nos precede de la mano de alguien que la vivió intensamente. Saber de las consecuencias que el descontento a veces conlleva cuando no hay reflexión, solidez y responsabilidad en las acciones que se ejecutan. No sé si soy catastrofista o simplemente prudente. Sólo sé que cuando no tenemos ya nada que perder, lo siguiente que puede ocurrir, es que nos perdamos a nosotros mismos, y con ello, la esperanza de un futuro asumible para las generaciones que nos seguirán.

La crisis tiene un doble filo bajo mi mirada; el de la regeneración y el de la perdición. Saber qué camino es el cierto, o qué camino será el que distorsione nuestro destino es el meollo de mi propia libertad. Lo único que está claro es que actuar tiene un precio. Quizá por eso hoy observo el mundo desde mi silencio, lo dejo en esta ventana e intento intuir qué sería lo mejor para poder llegar al menor error posible. Luego será la libertad, la vida construída y el precio que por ello habremos ido a pagar.


"Ovillados en la seguridad, las posesiones y las comodidades, ¡cuán poco sabían que la vida también puede ser exceso y emoción, que puede sacar de quicio a cualquiera y hacerle sentirse eternamente sorprendido!, ¡cuán poco se imaginaban desde su liberalismo y optimismo conmovedores, que cada nuevo día que amanece ante la ventana puede hacer trizas nuestra vida! Ni siquiera en sus noches más negras podían soñar hasta que punto puede ser peligroso el hombre, pero tampoco cuánta fuerza tiene para vencer peligros y superar pruebas. (...)

Cada hora de nuestros años estaba unida al destino del mundo. Sufriendo y gozando, hemos vivido el tiempo y la historia mucho más allá de nuestra pequeña existencia, mientras que otros se limitaban a sí mismos. Por eso cada uno de nosotros, hasta el más insignificante de nuestra generación, sabe hoy en día mil veces más de las realidades de la vida que los más sabios de nuestros antepasados. Pero nada nos fue  regalado; hemos tenido que pagar por ello su precio total y real.”
STEFAN ZWEIG.


¿Sabremos ser responsables de nuestro destino?


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